Un hombre de fábulas, Juan Ramón Jiménez
Decir que Juan Ramón Jiménez era un excelente fabulista es totalmente cierto, pero él no era solo eso, era un escritor maravilloso y un poeta cautivador. El galardonado Premio Nóbel de 1956 nació en Huelva, España y murió en Puerto Rico en el exilio de la guerra civil española. Juan Ramón hijo de acomodada familia hubo por esos avatares del destino ya vivir un día bien y el próximo en la pobreza. Fue un niño estudiante destacado y prometedor literato, asistió a la Universidad para estudiar derecho, que dejo de lado cuando se pensó en convertirse en pintor, lejos estaba de imaginar que su camino en el arte sería la escritura, que lo colocaría entre los más grandes escritores de la lengua castellana.
Juan Ramón muerto su padre, pasó estrecheces y tuvo que ayudar a la familia, internado algún tiempo por depresión, resultado de su situación económica, viajó y se dedicó a escribir. Se enamoró y se convirtió en un poeta apasionado del amor. El había sido un lector ávido de los influyentes poetas americanos como Yeats, y pronto se encontró conque su vena poética era tan sublime como su prosa.
Viviendo en Puerto Rico donde fungía como Profesor Universitario fue galardonado con el Nóbel, al que no pudo asistir por la muerte de su esposa. Moría en la Isla del encanto, en 1958, aquel que ha acompañado a generaciones de niños, con sus famosas fábulas, inolvidable en el panteón de los grandes literatos, como inolvidable su gran creación, Platero y yo.
Platero y yo, es una elegía que evidencia toda la raíz andaluza de Jiménez, un relato hermoso sobre la vida y muerte de un burro llamado Platero, que ha cautivado a los niños y que sigue siendo en muchos lugares, texto obligado en las escuelas, resulta para quien lo lee un relato hermoso que no puede olvidarse. Es para grandes y para niños, en sus originales 138 capítulos más bien parecen para adultos, pero tiene la frescura y la sencillez que gusta a los pequeños y en realidad a todo mundo que gusta del relato del burro de Moguer.
El capítulo IX de la pluma inolvidable del señor de Huelva, Juan Ramón Jiménez.
- Fue el alba neblinosa y cruda, buena para las brevas, y, con las seis, nos fuimos a comerlas a la Rica.
- Aún, bajo las grandes higueras centenarias, cuyos troncos grises enlazaban en la sombra fría como bajo una falda, sus muslos opulentos, dormitaba la noche; y las anchas hojas -que se pusieron Adán y Eva -atesoraban un fino tejido de perlillas de rocío que empalidecía su blanda verdura. Desde allí dentro se veía, entre la baja esmeralda viciosa, la aurora que rosaba, más viva cada vez, los velos incoloros del Oriente.
- …Corríamos, locos, a ver quién llegaba antes a cada higuera. Rociíllo cogió conmigo la primera hoja de una, en un sofoco de risas y palpitaciones. -Toca aquí. Y me ponía mi mano, con la suya, en su corazón, sobre el que el pecho joven subía y bajaba como una menuda ola prisionera. Adela apenas sabía correr, gordiflona y chica, y se enfadaba desde lejos. Le arranqué a Platero unas cuantas brevas maduras y se las puse sobre el asiento de una cepa vieja, para que no se aburriera.
- El tiroteo lo comenzó Adela, enfadada por su torpeza, con risas en la boca y lágrimas en los ojos Me estrelló una breva en la frente. Seguimos Rociíllo y yo y, más que nunca por la boca, comimos brevas por los ojos, por la nariz, por las mangas, por la nuca, en un griterío agudo y sin tregua, que caía, con las brevas desapuntadas, en las viñas frescas del amanecer. Una breva le dio a Platero, y ya fue él blanco de la locura. Como el infeliz no podía defenderse ni contestar, yo tomé su partido; y un diluvio blando y azul cruzó el aire puro, en todas direcciones, como una metralla rápida.
- Un doble reír, caído y cansado, expresó desde el suelo el femenino rendimiento
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Escrito por Sunday |
4 de Marzo de 2010 con
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